viernes, 30 de octubre de 2015

la zarza y el aguar



un mediodía los vi, la rama se enredó en el tronco, abrazándolo fuerte de un lado al otro. el entrelazado casi lo ahoga. dejando una profunda y oscura marca hendida en la corteza. 
metí las manos sin pedir permiso y los separé, primero con fuerza y rompiendo, y después a medida que avanzaba y veía lo profundo del vínculo sentí respeto y tomé paciencia para desenlazar cada una de las vueltas. uno de los dos seguirá vivo completa o parcialmente. junto al otro de seguro hubiese terminado seco o conformando un colchón natural y tupido de hojas y ramas livianas, sin una forma definida. tapando flores y plantas pequeñas. uno era el soporte del otro que tejía en los recovecos. a su vez ambos subsistían pese a la presencia de arriba de un árbol gigante y sempiterno que no daba a basto con tanto follaje. él también se descomponía sobre el dúo abochornado.
ahora están más bien separados. la enredadera es insistidora y no para de crecer y rebrotar en todas partes agarrándose de cualquier cosa para seguir viva, sus nobles hojas han acompañado a los mortales en su salud y con su sombra. el otro es un árbol fuerte y generoso que florece para que las abejas se acerquen a libarlo y se hace un lugar en cualquier parte porque sí no más, porque es el árbol maestro desde siempre y necesitamos que exista.

así, en una triste satisfacción, transcurrió el día. con pensamientos agitados por la mágica coexistencia susceptible y perturbable de la vida y los brazos marcados de ramas e insectos.

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